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	<title>Últimas desde Córdoba</title>
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		<title>Últimas desde Córdoba</title>
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		<title>Capítulo 5</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Nov 2007 22:30:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La clave para sobrevivir es hacer silencio. Nos hemos convertido en verdaderos fantasmas; meamos sin hacer ruido, cagamos sin hacer ruido, lloramos mordiéndonos los dedos.
Del otro lado de la ventana tengo un panorama azulado de una Córdoba amanecida en el holocausto más extraño que jamás soñara ninguno de nosotros.
Algunos edificios arden y las llamas se [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ultimaspalabras.wordpress.com&blog=2078921&post=18&subd=ultimaspalabras&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>La clave para sobrevivir es hacer silencio. Nos hemos convertido en verdaderos fantasmas; meamos sin hacer ruido, cagamos sin hacer ruido, lloramos mordiéndonos los dedos.<br />
Del otro lado de la ventana tengo un panorama azulado de una Córdoba amanecida en el holocausto más extraño que jamás soñara ninguno de nosotros.<br />
Algunos edificios arden y las llamas se vuelven columnas de humo que ascienden con una rigidez escalofriante hasta amalgamarse con el cielo.<br />
Si algún pintor hubiera hecho un cuadro similar a este que tengo del otro lado de los ventanales, lo habrían etiquetado de surrealista o de loco.<br />
De chico soñaba con esto, con tener la ciudad entera para mí, de usarla y tocarla y cambiarla a mi antojo. Pero en el sueño no tenía que esconderme. Ahora sí. Si quisiera, podría recorrer quioscos y negocios para abastecerme -lo hemos estado haciendo en el último tiempo-, pero la sensación, lejos de emparentarse con la libertad, es escalofriante.<br />
Si alguna vez esta impunidad tuvo visos de aventura, ahora tiene sabor a condena, a escondite, a penitencia. Y la odiamos.</p>
<p>Desde acá escucho la respiración irregular de Sofía. Tiene una herida fulera en la espalda, por lo que duerme boca abajo desde hace tres noches. Antes de acostarse me pidió que escribiera nuestra historia, porque alguien tiene que hacerlo, sencillamente por eso.<br />
Es fuerte, Sofía. Tiene madera de sobreviviente y los demás la respetamos. Ella, Marco y yo somos los últimos del grupo que atravesamos la plaza y llegamos al auto. Éramos nueve, íbamos a tomar dos vehículos para poder salir del centro, pero&#8230;<br />
Estoy empezando a odiar a las plazas.<br />
Lo que pasó fue digno de una jornada en el circo romano más sádico y más cruento.<br />
Pobre Lucrecia. Pobre Javier. Todos muertos.<br />
¿Llegaremos a olvidar el dolor? ¿Estamos tan impermeabilizados que ya es rutina contabilizar a nuestros muertos?</p>
<p>Estábamos en el primer piso de un edificio desde hacía dos noches, pero la situación se había vuelto inestable, porque había muchos Chatas rondando. Javier tenía la teoría de que los Chatas podían olernos, por lo que acarreaba todo el tiempo un bolso repleto de perfumes, y todas las noches se rociaba con una fragancia distinta.<br />
Apestaba con un hedor dulzón insoportable, dormir cerca de él era una garantía de migraña. De cualquier manera, jamás pudimos probar si su hipótesis era cierta.<br />
Javier fue el primero en salir. Esperamos a que se hiciera de noche y lo seguimos, todos corriendo. La apuesta era a todo o nada: debíamos llegar hasta una playa de estacionamiento primero, revisar la garita del guardia en busca de las llaves de los autos, dar con el vehículo correcto y salir a todo motor.<br />
No tuvimos suerte.</p>
<p>Lucrecia gritó primero:<br />
—¡Chatas!<br />
Yo alcancé a voltear la cabeza para ver cómo uno de ellos saltaba desde la pared de ingreso a la playa y la aplastaba. Lucrecia peleó, y Javier (tal vez confiado en su escudo odorífico) se abalanzó para ayudarla. No quise distraerme, así que continué revisando las llaves hasta que encontré unas con alarma. Apreté el botón rojo del llavero y desde el fondo del estacionamiento nos llegaron dos pitidos metálicos acompañados de un guiño anaranjado en la penumbra. Tomé a Marco de un brazo lo arrastré hasta que llegamos al auto. El resto del grupo se dispersó; había gritos y llantos en la oscuridad y no sé qué direcciones tomaron. Cuando encendí las luces pudimos ver a Sofía que continuaba con medio cuerpo dentro de la garita, obstinada en su misión de encontrar una vía de escape. Ni siquiera se había dado cuenta del desastre. Más Chatas zumbaban por las esquinas, alertados por los ruidos. En pocos segundos todo el estacionamiento sería una carnicería, así que Marcos abrió la puerta y estiró las manos para agarrarla.<br />
Yo no podía permitirme el lujo de frenar: prácticamente la arrancamos de la casilla.<br />
Salimos de ahí a toda velocidad, pasamos junto a lo que quedaba de Javier y de Lucrecia, que con los ojos muertos miraban a la nada, mientras un Chata robusto daba cuenta de sus entrañas.<br />
Ganamos la plaza y puse las luces altas.<br />
Alcanzamos a ver a otros sobrevivientes que, tal vez esperanzados por nuestra acción, se habían dispuesto a probar suerte abandonando sus escondites. Recién entonces comprendí la cantidad de edificios que había en la ciudad, la cantidad de gente parapetada en ellos.<br />
No creo que ninguno de esa estampida que salió a imitarnos haya sobrevivido. Había tantos Chatas como árboles en la Plaza San Martín, fue un festín macabro, los gritos&#8230; los rugidos&#8230;<br />
No sé cómo hicimos para salir de ahí.<br />
Necesito orinar. Y necesito un trago antes de seguir con esto.</p>
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		<title>Capítulo 4</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Nov 2007 09:50:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Capítulos]]></category>

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		<description><![CDATA[La transmisión se interrumpió cuando el cameraman hacía un paneo hacia la Cañada (a donde el periodista y él pretendían huir para ponerse a cubierto). La luz se cortó justo después de que la tele mostraba a decenas de personas que caían al río, empujados por otros que huían.
Yo vivía a diez cuadras del centro, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ultimaspalabras.wordpress.com&blog=2078921&post=8&subd=ultimaspalabras&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>La transmisión se interrumpió cuando el cameraman hacía un paneo hacia la Cañada (a donde el periodista y él pretendían huir para ponerse a cubierto). La luz se cortó justo después de que la tele mostraba a decenas de personas que caían al río, empujados por otros que huían.<br />
Yo vivía a diez cuadras del centro, y recién en ese momento comprendí que, hasta que la luz se fue, toda la provincia estaba en silencio.<br />
Me acuerdo que pensé en los bares de pueblo donde los parroquianos apuraban una cerveza distrayéndose con lo que hacían los locos de la capital. Recuerdo que hasta los envidié un poco por no tener que lidiar con esto.<br />
Yo siempre quise ir a vivir al campo.<br />
Se lo planteé a mi mujer un montón de veces, nunca hizo caso.<br />
Después de ese silencio propio de la expectativa, toda la provincia se convirtió en un circo romano. Gritos, correrías, bocinas, rechinar de ruedas de autos.<br />
Los ruidos no cesaron hasta mucho después. Ahora nos hemos convertido en la provincia más silenciosa del planeta.<br />
Al primero de estos bichos que aterrizó le siguieron varios más. A medida que caían, la gente huía en un éxodo torpe y descontrolado. El caos se apoderó de Córdoba. Ahora sé que nada hubo que pudieran hacer los policías en la Plaza aquél mediodía: las balas no les hacen nada a los cosos estos. Los tumban, sí, los desestabilizan, los demoran, pero cuando parás para recargar, se te vienen encima y te morfan. No hay vuelta atrás.<br />
Yo salí de casa con lo puesto y ya en la calle la gente señalaba el cielo, desde donde se veían caer como estrellas fugaces que golpeaban como una lluvia aislada y constante los edificios, las casas, las paradas de colectivo. Cientos de trazos ígneos en los cielos de Córdoba, sembrando estas semillas de maldad entre nosotros.<br />
Desde donde yo estaba, pude ver con claridad a unos cien metros que un bicho se estaba desdoblando y estiraba sus tentáculos para atrapar a un viejo de bastón, rezagado en su huída. La gente se dispersó en distintas direcciones. El ataque había sido organizado y preciso. Muy pocos de nosotros nos salvamos.<br />
Yo me subí al auto y manejé como un loco alejándome de ahí, pero a las tres cuadras atropellé a un grupo de hombres de traje que corrían a contramano. El auto se me fue a la mierda y terminé incrustado en una heladería. El cartel de “Helados Artesanales” se metió por el parabrisas y terminó sentado a mi lado. Aturdido, salí de ahí con la intención de asistir a los tipos que había pisado, pero uno de los bichos se me había adelantado y se los estaba comiendo. Los gritos me despabilaron: esto era real, era el horror del Apocalipsis frente a mis ojos, y si no salía pronto de ahí, acabaría bañado de jugos gástricos intergalácticos.<br />
Así que empecé a correr, y ya no sé cuánto tiempo llevo haciéndolo.</p>
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		<title>Capítulo 3</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Nov 2007 13:40:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Capítulos]]></category>

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		<description><![CDATA[—Esto no está bien —dije.
—Siempre el mismo pesimista vos —contestó mi mujer.
Fue lo último que le oí decir. Nunca más volví a hablar con ella.
De todas formas, soy católico apostólico y de Belgrano, así que albergo la secreta esperanza de que algún día tengamos la oportunidad de ponernos al día con nuestros muertos.
Es justo y [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ultimaspalabras.wordpress.com&blog=2078921&post=9&subd=ultimaspalabras&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>—Esto no está bien —dije.<br />
—Siempre el mismo pesimista vos —contestó mi mujer.<br />
Fue lo último que le oí decir. Nunca más volví a hablar con ella.<br />
De todas formas, soy católico apostólico y de Belgrano, así que albergo la secreta esperanza de que algún día tengamos la oportunidad de ponernos al día con nuestros muertos.<br />
Es justo y necesario.<br />
Mi mujer era una buena mujer, pero estuvo equivocada. Lo constatamos en ese momento, porque los dos vimos en distintos televisores cómo la escotilla esa se expandía hacia los costados formando una suerte de mano que luego se hizo un puño sobre el cuerpo del gordo uniformado.<br />
Hubo un respingo en todas las líneas telefónicas del país, estoy seguro. Yo me quedé helado, se me cayó la taza con el café. Todos nos quedamos helados.<br />
Eso, que era parecido a una mano, se cerró y trituró al policía como si fuera un higo. Después retrocedió y se metió en sí misma, arrastrando una pulpa cubierta de telas.<br />
No sé cómo explicarlo. Jamás pensé que tendría que explicar algo como esto: después de triturar al policía, la mano se retrajo hasta quedar pegada al resto de la nave, y ahí nos dimos cuenta de que los Chatas se comían a la gente.<br />
Yo me enteré por Canal 10. Es el único canal que se veía en casa, porque nos habían cortado el cable por falta de pago.<br />
Fuimos unos boludos, porque perdimos una mañana entera hasta que nos dimos cuenta de que los Chatas eran malos, tiempo precioso que deberíamos haber usado para ponernos a salvo. Para irnos a las Sierras, no sé (digo las Sierras porque es un lugar lindo, aunque no sé cómo habrá sido en las Sierras, pero acá en el centro fue un quilombazo).<br />
¡Qué boludos!<br />
El resto es historia. Los Chatas adoptan formas distintas, es como si te leyeran la cabeza y con esos datos cambiaran; como si se convirtieran en algo parecido a lo que vos estás esperando ver. Cambian de forma, es lo que digo. No son todos iguales, y la apariencia es distinta según cómo les dé la luz, según cómo los estés mirando.<br />
Y se comen a la gente. Desde que llegaron, todo este tiempo, no han hecho más que patrullar las calles, buscándonos.<br />
Las primeras noches los alaridos y las sirenas y los tiros eran ensordecedores. La luz se había cortado ese mismo mediodía. Seguramente habían hecho algo con las plantas de energía, porque nada funcionaba.<br />
Algo así me explicó un ingeniero que conocí la tarde en que salí de casa.<br />
Me acuerdo que lo último que vimos en el tele fue a la cosa esta comiéndose al cana, la estampida de cordobeses huyendo en todas direcciones, y el fuego nutrido y constante de los demás policías. Para ese entonces, el techo de Tribunales (el edificio que está al frente de la Plaza también) estaba ocupado por un grupo especial de operaciones, con trajes de color negro. Tenían rifles con miras telescópicas y apuntaban y tiraban, apuntaban y tiraban.<br />
Ahora sé adónde iban a parar nuestros impuestos, esas armas debían ser caras.</p>
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		<item>
		<title>Capítulo 2</title>
		<link>http://ultimaspalabras.wordpress.com/2007/11/04/capitulo-2/</link>
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		<pubDate>Sun, 04 Nov 2007 13:22:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Capítulos]]></category>

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		<description><![CDATA[Si caímos, fue porque subestimamos Su poder. Los Chatas no eran parecido a nada que hubiéramos visto antes.
Me estoy adelantando.
Mala cosa para un periodista dar por sentado que quienes puedan llegar a leer algún día estas páginas, sepan qué son los Chatas.
Empecemos por el principio.
Cuando llegaron, cuando la primera cosa de esas aterrizó en la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ultimaspalabras.wordpress.com&blog=2078921&post=5&subd=ultimaspalabras&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Si caímos, fue porque subestimamos Su poder. Los <strong>Chatas </strong>no eran parecido a nada que hubiéramos visto antes.<br />
Me estoy adelantando.<br />
Mala cosa para un periodista dar por sentado que quienes puedan llegar a leer algún día estas páginas, sepan qué son los Chatas.<br />
Empecemos por el principio.<br />
Cuando llegaron, cuando la primera cosa de esas aterrizó en la explanada de la Plaza de la Intendencia frente a la Municipalidad, creímos que se trataba de una publicidad, una intervención artística para reivindicar el dadaísmo. Yo aposté por una nueva unidad de transporte. Los colectivos, lo sabíamos todos, pasaban cuando querían y presentar unidades nuevas era una forma de mantener contentos a los usuarios.<br />
Los medios cubrieron la noticia. Todo pasó muy rápido; a las nueve de la mañana uno de ellos volteó algunas palmeras en vuelo rasante hasta clavarse sobre las baldosas, de cara a la Municipalidad, y la gente empezó a venir desde todos lados para ver el fenómeno: primero los que estaban en edificios aledaños, después los parientes y amigos de éstos, que fueron oportunamente avisados.<br />
Las noticias insólitas corren como reguero de pólvora y Córdoba es chiquita.<br />
Era chiquita.<br />
Pronto ya no va a ser nada.<br />
No puedo creer todo lo que ha pasado. Ya perdí la cuenta de los días, por primera vez en años, no sé en qué mes estamos.<br />
Desde hace mucho tiempo nos vienen cazando como a ratas, volteando como a pájaros.<br />
Y todo empezó ahí, cuando aterrizó eso, y eso fue&#8230;<br />
¡Mierda; no sé bien cuándo!<br />
Sí sé, en cambio, que aquél mediodía, el mediodía de la llegada, la policía estaba tan desconcertada como nosotros, los ciudadanos. Por orden del gobernador se había establecido un vallado y nadie podía pasar. Quienes estuvieron ese día ahí, recuerdan el ruido de los obturadores de las cámaras de fotos que no cesaba.<br />
La curiosidad. Imagino que lo mismo debe haber ocurrido en los otros lugares donde aterrizaron los primeros Chatas. E imagino que, tal y como pasó acá, cuando ese primer Chata se iluminó, todos los televisores estaban transmitiéndolo en exclusiva.<br />
Digo, no debimos ser los únicos en verlo en vivo y en directo.<br />
Lo he conversado con varios de los sobrevivientes. Todos recordamos al policía gordo vestido de comando, con el casco y el escudo, acercándose hasta el hueco azul que tenía ese Chata en particular.<br />
Iba con un puño en alto, el gordo. La provincia entera se había paralizado para ver el culo de un gordo de bigotes que caminaba agachadito hacia la muerte segura, sin saberlo.<br />
En los informativos, sobre la leyenda “El OVNI en vivo”, los conductores habían enmudecido y toda la pantalla era un marco para este culo que se bamboleaba dudoso, avanzando.<br />
Creímos que era una escotilla lo que se había desprendido de la nave para formar un puente con el suelo de nuestra plaza.<br />
Fuimos unos boludos.<br />
Se lo dije a mi mujer por teléfono.<br />
Ese día yo había pedido franco, y hablé con ella apenas escuché lo del OVNI por la radio.<br />
Todavía me cuesta escribir &#8220;OVNI&#8221; sin sonreír, como si estuviera haciéndole trampas a un lector inexistente.</p>
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		<title>Capítulo 1</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Nov 2007 03:43:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>José Playo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo era periodista. No tengo otra forma de empezar a contar esto. Queda poco tiempo; no falta mucho para que, lo que alguna vez fuimos cordobeses, dejemos de existir.
No puedo creerlo. Nadie puede creerlo: seremos un recuerdo, una estadística, una silueta negra y vacía con forma de carita, ocupando el lugar de una provincia dentro [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=ultimaspalabras.wordpress.com&blog=2078921&post=1&subd=ultimaspalabras&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Yo era periodista. No tengo otra forma de empezar a contar esto. Queda poco tiempo; no falta mucho para que, lo que alguna vez fuimos cordobeses, dejemos de existir.<br />
No puedo creerlo. Nadie puede creerlo: seremos un recuerdo, una estadística, una silueta negra y vacía con forma de carita, ocupando el lugar de una provincia dentro del mapa de un país invadido y acabado.<br />
Yo era periodista, ahora soy un fantasma en la vieja redacción de un diario, tipeando esta historia para que la gente&#8230;<br />
¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que me senté en una máquina como ésta?<br />
Volver a la fuente. Nuestra tecnología es obsoleta&#8230;<br />
Estoy sentado en la vieja redacción de un diario, iluminado por una vela, aporreando las viejas muelas de una Remington que me permite dejar un testimonio.<br />
No hay energía eléctrica y alguien tiene que contar. Escucho ruidos que vienen de afuera.<br />
No puedo distraerme.<br />
El miedo es un buen combustible, suficiente para empezar.</p>
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