La clave para sobrevivir es hacer silencio. Nos hemos convertido en verdaderos fantasmas; meamos sin hacer ruido, cagamos sin hacer ruido, lloramos mordiéndonos los dedos.
Del otro lado de la ventana tengo un panorama azulado de una Córdoba amanecida en el holocausto más extraño que jamás soñara ninguno de nosotros.
Algunos edificios arden y las llamas se vuelven columnas de humo que ascienden con una rigidez escalofriante hasta amalgamarse con el cielo.
Si algún pintor hubiera hecho un cuadro similar a este que tengo del otro lado de los ventanales, lo habrían etiquetado de surrealista o de loco.
De chico soñaba con esto, con tener la ciudad entera para mí, de usarla y tocarla y cambiarla a mi antojo. Pero en el sueño no tenía que esconderme. Ahora sí. Si quisiera, podría recorrer quioscos y negocios para abastecerme -lo hemos estado haciendo en el último tiempo-, pero la sensación, lejos de emparentarse con la libertad, es escalofriante.
Si alguna vez esta impunidad tuvo visos de aventura, ahora tiene sabor a condena, a escondite, a penitencia. Y la odiamos.
Desde acá escucho la respiración irregular de Sofía. Tiene una herida fulera en la espalda, por lo que duerme boca abajo desde hace tres noches. Antes de acostarse me pidió que escribiera nuestra historia, porque alguien tiene que hacerlo, sencillamente por eso.
Es fuerte, Sofía. Tiene madera de sobreviviente y los demás la respetamos. Ella, Marco y yo somos los últimos del grupo que atravesamos la plaza y llegamos al auto. Éramos nueve, íbamos a tomar dos vehículos para poder salir del centro, pero…
Estoy empezando a odiar a las plazas.
Lo que pasó fue digno de una jornada en el circo romano más sádico y más cruento.
Pobre Lucrecia. Pobre Javier. Todos muertos.
¿Llegaremos a olvidar el dolor? ¿Estamos tan impermeabilizados que ya es rutina contabilizar a nuestros muertos?
Estábamos en el primer piso de un edificio desde hacía dos noches, pero la situación se había vuelto inestable, porque había muchos Chatas rondando. Javier tenía la teoría de que los Chatas podían olernos, por lo que acarreaba todo el tiempo un bolso repleto de perfumes, y todas las noches se rociaba con una fragancia distinta.
Apestaba con un hedor dulzón insoportable, dormir cerca de él era una garantía de migraña. De cualquier manera, jamás pudimos probar si su hipótesis era cierta.
Javier fue el primero en salir. Esperamos a que se hiciera de noche y lo seguimos, todos corriendo. La apuesta era a todo o nada: debíamos llegar hasta una playa de estacionamiento primero, revisar la garita del guardia en busca de las llaves de los autos, dar con el vehículo correcto y salir a todo motor.
No tuvimos suerte.
Lucrecia gritó primero:
—¡Chatas!
Yo alcancé a voltear la cabeza para ver cómo uno de ellos saltaba desde la pared de ingreso a la playa y la aplastaba. Lucrecia peleó, y Javier (tal vez confiado en su escudo odorífico) se abalanzó para ayudarla. No quise distraerme, así que continué revisando las llaves hasta que encontré unas con alarma. Apreté el botón rojo del llavero y desde el fondo del estacionamiento nos llegaron dos pitidos metálicos acompañados de un guiño anaranjado en la penumbra. Tomé a Marco de un brazo lo arrastré hasta que llegamos al auto. El resto del grupo se dispersó; había gritos y llantos en la oscuridad y no sé qué direcciones tomaron. Cuando encendí las luces pudimos ver a Sofía que continuaba con medio cuerpo dentro de la garita, obstinada en su misión de encontrar una vía de escape. Ni siquiera se había dado cuenta del desastre. Más Chatas zumbaban por las esquinas, alertados por los ruidos. En pocos segundos todo el estacionamiento sería una carnicería, así que Marcos abrió la puerta y estiró las manos para agarrarla.
Yo no podía permitirme el lujo de frenar: prácticamente la arrancamos de la casilla.
Salimos de ahí a toda velocidad, pasamos junto a lo que quedaba de Javier y de Lucrecia, que con los ojos muertos miraban a la nada, mientras un Chata robusto daba cuenta de sus entrañas.
Ganamos la plaza y puse las luces altas.
Alcanzamos a ver a otros sobrevivientes que, tal vez esperanzados por nuestra acción, se habían dispuesto a probar suerte abandonando sus escondites. Recién entonces comprendí la cantidad de edificios que había en la ciudad, la cantidad de gente parapetada en ellos.
No creo que ninguno de esa estampida que salió a imitarnos haya sobrevivido. Había tantos Chatas como árboles en la Plaza San Martín, fue un festín macabro, los gritos… los rugidos…
No sé cómo hicimos para salir de ahí.
Necesito orinar. Y necesito un trago antes de seguir con esto.